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Edición N° 42 - invierno 2006

La adolescencia y la drogadicción en los escenarios del desencanto

Por:
Alfredo Juan Manuel Carballeda
* (Datos sobre el autor)


Resumen:

La drogadicción se presenta en este contexto en un escenario donde pujan las restricciones a la ciudadanía y los derechos subjetivos. La pérdida de espacios de socialización que sufrió nuestro país en los últimos treinta años, muestran dificultades de diversa índole que van desde la fragmentación de la vida cotidiana hasta la complejidad para acceder a formas constructivas de la pertenencia y la identidad. La drogadicción, en tanto padecimiento, se convierte en una expresión del desencanto frente a un mundo fragmentado y sin sentido.
Estas cuestiones son observables desde diferentes aspectos que van desde el sentido del cuerpo, donde se inscribe una nueva forma de la biopolítica, hasta la aparición de problemáticas sociales complejas que integran desde el sufrimiento las parcelaciones institucionales que dejó como huella la crisis de los últimos años. Se es adolescente en una sociedad que puja por ser adolescente, especialmente en el mundo de los adultos.
El discurso predominante referido a las drogas reafirma su “capacidad destructiva” aumentándose la carga simbólica y tal vez transformándola en algo deseable en escenografías y guiones de la vida cotidiana donde todo parece fluir sin sentido.
Desde esa potencialidad de destrucción se analiza el fenómeno de la drogadicción desde determinismos centrados en las viejas metáforas médico -biológicas de la relación causa efecto.

1- El escenario de la drogadicción
El escenario es la sociedad. Una sociedad atravesada por relaciones violentas, fundada en la intimidación, en un contrato elaborado por quienes ganaron las batallas que llevaron a la gran contienda fundacional. Una sociedad atravesada por relaciones de fuerza, que muchas veces se develan a partir de las metáforas bélicas que utiliza para nombrar problemas y acciones sobre ellos.

La violencia de la desigualdad, el desempleo y la todavía vigencia del Mercado -tal vez en retroceso- como Leviatán, en tanto monstruo necesario para mantener el orden de la restricción de los derechos de quienes, en diferentes grados precarizan su relación con Úl.
La entrega de la soberanía individual al mercado, exponerse a leyes que este genera y declama justas por un propio discurso de legitimidad, fue planteado como resolución única de la conflictividad.
El mercado disciplina, se entromete en la vida cotidiana, otorga un “sentido” a las relaciones sociales que, desde lo efímero, generan solo una mayor necesidad de saciar vacíos, dando momentáneamente una sensación de identidad, de pertenencia, que se hace “real” cuando la adquisición de un objeto de consumo es posible. Contenciones efímeras al fin que, para saciar el vacío que producen requieren de nuevas adquisiciones.

Así, el sujeto es solo individuo precario, temporal; donde se obtura su posibilidad de ser en su relación con otros.

Una sociedad, donde la recuperación del pasado desde lo trágico, pero también desde lo beneficioso está volviendo lentamente, tal vez, comenzando a construir nuevas formas de la verdad, por fuera de los discursos únicos.

Una sociedad donde el porvenir sigue transitando una ruta opacada por la incertidumbre y la falta de convicciones que permitan pensar en proyectos de futuro en forma colectiva.

También existen caminos donde en forma individual y excepcional y tal vez aleatoriamente tomaron vías que permiten construcciones desde lo precario hasta lo mas concreto.

El escenario de la drogadicción en tanto sociedad, da cuenta de fragmentaciones recientes, y también de una puja heroica para resolver las rupturas, en la búsqueda constante de una totalidad perdida luego de años de disoluciones que remiten a las pujas de la fundación de nuestra sociedad.

En definitiva fragmentaciones manchadas de sangre y silencio que van desde el terrorismo de estado hasta los desaparecidos sociales.

Una sociedad donde la precariedad, la falta de certidumbre con respecto al futuro y las diferentes fragmentaciones construyen padecimientos que son poco visibles y aún no han sido clasificados en los manuales que intentan dar cuenta de las características enciclopédicas del dolor.

Una sociedad donde los lazos sociales deteriorados generan la angustia expresada en “ese” dolor que como un fantasma se transforma en inexplicable e irreconocible tanto para unos como otros. El dolor de la identidad construida en forma frágil, inestable, fugaz. El padecimiento, de la falta de espacios de socialización y de construcción de sentidos que conecten al sujeto con el todo. Constituyen la puesta en escena en un teatro donde los guiones cambian en forma abrupta y dejan a muchos de los actores sin palabras, sin voz.

Un escenario donde los derechos subjetivos se imponen desde lo mediático, pero el ejercicio de éstos, su acceso, se restringe desde las “capacidades” que otorga el dinero. El desencanto de la “jaula de hierro”, profetizada por Max Weber, tal vez cumplida en parte, pareciera que anula las posibilidades de reconstrucción, reparación, o recuperación de ese lazo social perdido.

El mundo de los derechos subjetivos que se enfrenta a las restricciones de los derechos sociales, cuando su pérdida inicia un camino inexorable hacia la restricción de los derechos civiles.

En estos contextos aún así, la identidad se continúa construyendo desde probablemente uniones desconocidas, aún no vistas, que se presentan como terreno a develar; que conectan a cada uno de los integrantes de esta sociedad con una cultura de la resistencia y la integración.

La drogadicción puede ser una forma de expresión del desencanto en ese contexto , escenario. De un malestar que aleja, separa al sujeto de los otros de su cultura, de los elementos constitutivos de la identidad.

2- La adolescencia
Una sociedad adolescente donde una “etapa” de la vida se transforma en valor en si mismo, como un objeto de consumo para ser adquirido por adultos que lo logran gracias a su inserción en el mercado. Se es adolescente a costa de ropas informales; de marcas, de cuerpos trabajados en gimnasios, de cirugías, de actitudes “transgresoras”, de dietas. Mientras que los jóvenes “adolescentes” poseen cada ves más restricciones en su circulación; inserción e inscripción social.

Una sociedad donde los ancianos no son tenidos en cuenta por su sabiduría experiencia o conocimiento, sino por lograr permanecer como jóvenes de cuerpo y espíritu.

Se vive en una paradoja de una sociedad de adultos disfrazados de jóvenes que ocultan a éstos o los exhiben a su lado como trofeos que irradian lo que no se tiene.

La sociedad se convierte en adolescente, una especie de estilo de vida que exalta la adolescencia, la juventud, mientras estas, se ven encerradas en los circuitos de consumo, para pertenecer, hace falta obtener productos “simbólicos” que día a día se desactualizan. La necesidad de acceder a consumos emblemáticos, es una forma frágil y economicista de construir lazo social, solidaridad y pertenencia.

Esta sensación de puro presente, da cuenta de la necesidad de resolver todo en lo inmediato, en un contexto de precariedad y exclusión social. Las ciudadanías de los jóvenes, se transforman en recortadas, flexibles inestables y efímeras. De este modo, se naturaliza la exclusión social, se crean nuevas formas de estigmatización y ser joven en la sociedad adolescente, puede ser peligroso.
Tanto desde lo cotidiano, como en relación al consumo de drogas sus efectos y sospechas. “Cuidar a los jóvenes de las drogas”; surge muchas veces como discurso de adultos que exacerba su carga simbólica.
De este modo las hacen mas atrayentes, necesarias, transformando a la sustancia “droga” en un objeto de dominación, no por el efecto de ésta sino por las relaciones sociales y explicaciones socioculturales que genera la hipocresía de una sociedad que impone una gestión de los riesgos y de una supuesta peligrosidad depositada en una franja de edades o características sociales.

Las drogas, de este modo, se transforman en nuevos elementos de control y disciplinamiento, tanto desde el discurso que las construye como importantes, como desde el discurso del cuidado y el tratamiento. Se refuerza de esta manera, la estigmatización naturalizándola, generando nuevas formas de la fragmentación.

Se considera a los consumidores como jóvenes, con potencial adictivo y delincuencial habitando un espacio de “guerra natural”, sin reglas y sin ley que solo se resuelve con un sistema hobbesiano de tratamiento, donde la entrega de la soberanía es clave fundamental, actuando como extorsión para quienes reconocen su problema y desean ingresar a un sistema de tratamiento.

Así la asociación drogas – juventud, es presentada, muchas veces, desde un fatalismo donde la única resolución es el control de determinadas poblaciones con una serie de características enumeradas por expertos y manuales internacionales.

Las drogas se siguen pensando desde el discurso médico, como si fueran bacterias o virus que ingresan a la sociedad y generan adictos por mero contacto o contagio. La drogadicción aún se presenta explicada desde relaciones causales, unívocas, determinadas desde donde se construye un fatalismo que impide la acción o resalta la inviabilidad de determinadas poblaciones.
Se sigue pensando que hay adictos porque hay drogas, mientras se vive en una sociedad donde todo consumo es exaltado para llenar las mismas ausencias que el mercado produce.

Contradictoriamente, esta sociedad que se define como adolescente, forma parte de un país y un continente donde la exclusión social se orienta hacia los jóvenes, donde las cárceles bajan año tras año el promedio de edad. La sociedad adolescente, demanda cada vez mayores sistemas de control hacia éstos, ratificándose el discurso que marca una idea de joven deteriorado, sin horizontes.
Tal vez sean los jóvenes los que estén construyendo con la precariedad de las herramientas que les proporcionaron, un mundo donde el pasado y el presente se integran en los escenarios de la incertidumbre.

3- La drogadicción
La drogadicción en tanto padecimiento, se transforma de alguna manera en una expresión del desencanto, en una civilización que desde los inicios de la modernidad comenzó lentamente a apropiarse del planeta, transformado lo diferente en homogéneo o en desigualdades sociales.

Es, desde esta perspectiva construida como problema social a partir de una necesidad de etiquetas y diagnósticos. Desde la ética protestante comienzan a demonizarse las sustancias, para luego construir diablos en quienes las usan o dependen de ellas. Así cada época construyó diferentes tipologías de drogadictos, desviados, viciosos, anormales, desde rasgos físicos, atribuciones e identidades supuestas.

Como complejo sociocultural, la drogadicción muestra el sistema de trasgresiones que dialoga con esta época.

Así, desde una perspectiva histórica, las drogas serán más o menos importantes de acuerdo a las características de ese sistema y del complejo tutelar para abordar el problema.

La reafirmación de la “capacidad destructiva” de la sustancia, se centra en el temor a las poblaciones que podrían estar usándola. La drogadicción, en tanto construcción social, logra poner en marcha un deseo, transformado en mito, que se vuelve insaciable, que todo lo malgasta, construyendo un mundo donde la satisfacción nunca es definitiva. Condensándola, llevando la metáfora a lo real, el mundo que occidente construyó alrededor del consumo y los objetos. En definitiva, hoy, objetos, productos que se hacen necesarios para sobrellevar mejor un presente cargado de perplejidad.

El goce, el placer, el encanto de los objetos está, tal vez, en que detienen momentáneamente la sensación del sufrimiento, colmando un vacío que se hace más profundo en la medida en que se llena.

A su vez, la drogadicción, se complementa con la “necesidad” de la trasgresión, la trasgresión es en definitiva funcional a una sociedad que necesita permanentemente ratificar el lugar de lo “sano” y de lo “enfermo”. Así como en la era Victoriana, la prostitución era una trasgresión “necesaria” debido a la represión sexual de los cuerpos y el deseo. La drogadicción actúa como excusa para imponer coerciones, siendo la coerción la negación misma de la subjetividad y la imposición de otra, preconstruida, artificial “necesaria” a los diferentes órdenes vigentes en la historia.

La drogadicción como problema social se inscribe en los cuerpos, se muestra a través de marcas que muestran diferentes itinerarios y procedencias, cuerpos de la pobreza, de la estética cuidada, cuerpos del encierro, cuerpos que muestran trayectorias, cuerpos donde el padecimiento subjetivo se hace objetivo a través de cortes y señales.

Por otra parte, el abordaje del tema muchas veces se sigue pensando desde las relaciones causales, a partir de prácticas discursivas que lo preceden y que se remontan a viejos postulados positivistas enraizados en las ciencias naturales, ratificando determinismos, haciendo que el tratamiento se transforme en un sin sentido. Coincidiendo que la noción de problema social surge con los saberes de la normalización.

4- La Intervención
Pensar la drogadicción desde los derechos sociales y civiles, tal vez sea una vía de entrada para discutir la relación entre este tema y la autonomía perdida a partir de la merma, de los derechos sociales. Desnaturalizando de este modo, las lógicas de la desigualdad. En este aspecto la drogadicción dialoga en forma intensa con la intervención, con el sentido de ésta desde numerosas formas de interpelación. Así la intervención requiere de un diálogo con la ética, desde una perspectiva de “deliberación”, en tanto reflexión, revisando los argumentos que la justifican y que la sostienen.
La reflexión, en tanto deliberación hace responsable a la intervención y ratifica o no su propia autonomía. Una reflexión ética implica la revisión de los marcos conceptuales, los esquemas de justificación, la mirada a la influencia de las representaciones sociales, los mandatos, las creencias, las construcciones simbólicas de ésta.

En definitiva, los interrogantes convergen en dilucidar, ¿Cuál es el sentido de la intervención en este tema?; ¿cómo hacer que esta se integre a un contexto de crisis e incertidumbre?; ¿cómo lograr intervenciones que se orienten estratégicamente a recuperar lo propio?, la cultura, la identidad, la soberanía <en tanto autonomía> de ese otro.
Tal vez una posibilidad de respuesta sea la mirada hacia nuestra propia historia, en términos de generar otras preguntas relacionadas con lo que nuestra sociedad perdió en las últimas décadas, reflexionando acerca de las capacidades y habilidades perdidas por las desigualdades sociales, el hambre, la injusticia. ¿Cuánto de todo esto se está en condiciones de ser recuperado? Y, básicamente como pensar intervenciones que estratégicamente se orienten a una perspectiva de futuro dentro de un proyecto colectivo.

Bibliografía

  • Heler, Mario. Ciencia Incierta. Editorial Biblos . Buenos Aires. 2004

  • Sissa, Julia. El Placer y el Mal. Editorial Manantial. Buenos Aires 1999.


* Datos sobre el autor:
* Alfredo Juan Manuel Carballeda
Trabajador Social

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