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Edición N° 40 - verano 2006

Editorial

Esperanza
Los procesos eleccionarios en el marco de las democracias formales siguen sucediéndose en toda Latinoamérica.
Ya no sorprenden los líderes que tienen un discurso revolucionario mientras son opositores o durante sus campañas eleccionarias, pero viran luego a la más tradicional posición neoliberal al llegar al Poder, sin necesidad de dar alguna explicación a sus votantes por semejantes traiciones.

En ese sistema, el mercado cautivo de los sufragantes permite consolidar un poder vacío de contenido social, que perdurará mientras le sea útil a las grandes corporaciones para el desarrollo de los procesos de multiplicación de las ganancias que obtienen en desmedro de las condiciones de vida de los pueblos. De tal forma, los líderes de los partidos que juegan al juego de la democracia formal, sólo esperan su turno -si es que les toca- para cumplir por un momento con el papel de gerentes de las multinacionales, o - en el mejor de los casos- de modernos virreyes del Poder Imperial.

Nuestros pueblos se preguntan qué hacer. Y como viene ocurriendo desde el primer día de la Conquista, el mundo americano resiste. Vive una continua contradicción entre su naturaleza y la imposición de una cosmovisión artificial y antinatural del mundo occidental.
La lucha continúa, se pugna por asumir características propias de identidad, de enfrentar la fragmentación propuesta desde la visión conquistadora.
Es que la realidad se muestra en forma implacable.
Se enfrentan -al decir de Rodolfo Kusch- dos sistemas: el del “ser alguien” en la configuración de la identidad según el modelo occidental, con el “mero estar”. Ese “deber ser alguien” implicó la negación de lo contrario y su exclusión de la esfera social. Lo americano, por serlo, era bárbaro.
El “estar siendo”, el “estar nomás” de los desposeídos, de los marginados, resiste con su magia. Su fortaleza reside en el desarrollo de raíces con el mundo, contrarias al uso desgastante de los recursos naturales. Es un estar arraigado a la tierra. Es -por ejemplo- la lucha de los campesinos mejicanos por evitar la invasión de la semilla transgénica con la que las multinacionales se están apropiando de un bien de la humanidad como es el alimento.
Desde esta perspectiva, sería deseable revisar estos conceptos. Es decir, reconceptualizar los elementos culturales que se enfrentan como antagónicos. Siguiendo a Kusch, lo popular -tanto indígena/campesino como urbano- no está alineado por filosofía o ideología, sino que se constituye en un contra-discurso para los paradigmas hegemónicos.

Podemos repensar entonces lo que señala el movimiento de Chiapas:

"Pero no sólo en las montañas del sureste mexicano se resiste y se lucha contra el neoliberalismo. En otras partes de México, en la América Latina, en los Estados Unidos y el Canadá, en la Europa del Tratado de Masstrich, en el África, en el Asia, y en Oceanía, las bolsas de resistencia se multiplican. Cada una de ellas tiene su propia historia, sus diferencias, sus igualdades, sus demandas, sus luchas, sus logros. Si la humanidad tiene todavía esperanzas de supervivencia, de ser mejor, esas esperanzas están en las bolsas que forman los excluidos, los sobrantes, los desechables. Subcomandante Marcos".

Equipo Margen



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