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Edición N° 36/37 - marzo 2005

Pensar el trabajo social en la construcción de un nuevo paradigma

Por:
César A. Barrantes A.
* (Datos sobre el autor)


"La ciencia jamás es una sola mirada sobre el mundo.
Hay otras muchas” (Werner Heisenberg, Premio Nobel de Física, 1932).

¿Cuál es la mirada de los trabajadores sociales?, pregunto yo.



Introducción

Antes que nada, deseo agradecer a mis amigos –especialmente a Carlos Arteaga y a Carmen Jonás- de la ENTS-UNAM por haberme dado la oportunidad de compartir con ustedes algunos fragmentos de mis conocimientos escasos, de mis experiencias, añoranzas y esperanzas que se han construido y difundido a lo largo del camino recorrido como trabajador social en esta América Latina,: crisol de razas, nuestra Patria Grande, la del sueño de Simón Bolívar que es nuestro sueño, y la del Grito de Dolores (Morelos), que es nuestro grito.

Pensar el trabajo social en la perspectiva de la construcción de un nuevo paradigma –que es el tema que me asignaron los organizadores de este magno evento- tiene varios requisitos y muchas implicaciones, tanto en el plano personal como en el propio del trabajo social en tanto campo de específicas prácticas sociales. Es decir, no es una tarea fácil aunque sí pletórica de encrucijadas y entreveramientos que nos obligan a mantener la mirada vigilante a todo evento que luzca imperceptible o impredecible, cercano o lejano, probable o improbable, normal o caótico.

Si entendemos el término paradigma en el sentido propuesto por Thommas Kuhn (1971:269) hace ya más de tres decenios, como la completa constelación integrada de creencias, valores, procedimientos y técnicas que denotan un determinado caudal de enigmas y soluciones que aceptadas y compartidas por los miembros de una comunidad portadora de una ciencia que, por estar paradigmatizada, es considerada normal, entonces, pensar la construcción de un nuevo paradigma presupone que hay uno ausente y, por ello, posible de ser inventado; asimismo, significa que el paradigma existente ya no es satisfactorio; va dejando de ser creíble y, por lo tanto, experimentando un proceso de deslegitimación. Como consecuencia, su sustitución adquiere sentido de necesidad histórica. Y si es histórica es política y, más específicamente, sociopolítica porque nos remite a las relaciones de poder mediante las cuales los actores sociales del campo disciplinario, profesional, científico o praxiológico de que se trate, procuran convencerse, dominarse o hegemonizarse unos a otros en referencia a los asuntos que son de su interés crucial, entre estos, la producción de conocimiento y sus impactos en la calidad de vida de todos y cada uno de los habitantes de nuestra Patria Tierra (Morin), de nuestra única nave espacial al decir del periodista venezolano Walter Martínez...

Para algunos autores, las revoluciones científicas al estilo kuhniano no son verdaderas revoluciones porque reiteran, repiten, reproducen la lógica de la represión que caracteriza a todo régimen, a toda civilización, a toda cultura que se impone por encima de toda intersubjetividad. Algunos nombres acuden a mi mente entre la plétora de autores que se han levantado contra la instauración de todo paradigma y contra toda represión en sus respectivos ámbitos de saber: me refiero a Carlos Marx, Sigmund Freud, Iván Illich, Paul Feyerabend, asimismo a A. S. Neill por sus experiencias sicopedagógicas en Summer Hill, Londres; asimismo, a Wilhelm Reich (alumno de Freud y padre del freudomarximo) y el filósofo Herbert Marcuse (también freudomarxista y crítico subversivo de la sociedad industrial opresiva, insigne inspirador de los movimientos estudiantiles de fines de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado en todo el mundo). Finalmente, debo agregar a Antonio Gramsci, filólogo y marxista crítico, cuya obra sólo puede ser comprensible a través de su propia biografía, y a Jacques Lacan, también filólogo y eminente sicoanalista de intensa influencia en las ciencias sociales y las denominadas humanidades.

Menciono a estos autores por azar aunque en verdad no tanto; más bien lo hago como agradecimiento tardío, porque fue a través de sus obras que comencé –hace ya muchas lunas- la tarea siempre inconclusa de construir mi ideal del yo social, mi imaginario liberador y contestatariamente no represivo. Desde entonces soy sujeto inefable de esta no siempre bienamada práctica social que denominamos orgullosamente trabajo social.

Hablando de liberación no represiva, les cuento que hace unos días me preguntaba a través de la Red Latinoiberoamericana de Trabajadores Sociales (RELATS) si sería posible que llegara a existir un trabajo social de la liberación así como existe una sicología social de la liberación, una teología de la liberación y una filosofía de la liberación. Si mi pregunta tiene sentido, pregunto si su respuesta significaría la posibilidad de apuntar hacia un nuevo paradigma o, al contrario, a la desparadigmatización del actual trabajo social.

Liberación versus represión; bloqueo versus desbloqueo. He aquí la cuestión no resuelta de las relaciones de determinación que la sociedad, la cultura y la civilización imponen a los sujetos sociales. Es la razón por la cual creo que el escrito de Freud, titulado El Malestar en la Cultura (1930) sigue teniendo vigencia, aunque algunos de sus postulados ya no la tengan, no obstante que sigue siendo denigrado y relegado al baúl de los supuestos olvidos que, no importa el tiempo que hayan estado en el desván, afloran en algún momento como verdades que son habladas como ecos de nuevos discursos, siempre liberadores. Es por ello que no me resulta casual que en estos tiempos de posmodernidad, imperio, globalización, sociedad del conocimiento y pensamiento único neoliberal, hayan salido a la luz pública y con buen suceso editorial, dos libros: El Malestar en la Globalización, de Joseph Stiglitz, cuyo título evoca, sin proponérselo, El Malestar en la Cultura, de Freud; asimismo, El Malestar en la Barbarie (entendiendo por barbarie a la globalización), de Fernando Mires, que se basa en un estudio crítico del escrito de Freud. 1

Parodiando los títulos mencionados, podríamos preguntar si existe –en la perspectiva de un trabajo social de la liberación- un malestar como experiencia en el trabajo social, mejor dicho, en los trabajadores sociales, y si la respuesta fuera afirmativa como espero que sea, podremos parafrasear a Mieres (1998:253) diciendo que esta fuerza histórica que es el malestar en tanto miedo y deseo al mismo tiempo, tenemos los trabajadores sociales que asumirla, concientizarla, compartirla y organizarla en el centro mismo de las multitudes en el nombre de la cual se legitimó el quehacer de los trabajadores sociales; asimismo, alimentar dicho malestar con la pasión subversiva de saber que somos hablados por la historicidad de nuestra existencia.
Sólo así podremos estar en condiciones de darle rienda suelta a nuestros poderes creadores y asumir –cada uno de los trabajadores sociales al nivel que les corresponde y de acuerdo a sus propias circunstancias- la misión de contribuir a cambiar el curso de las cosas que tanto nos molesta.

Y creo que esta misión comienza con el debate, fraterno pero sin concesiones, tanto de los supuestos básicos constitutivos de la especificidad del trabajo social como de los supuestos generales constitutivos de su universalidad.

He aquí algunas preguntas generadoras que pudieran contribuir a dicho debate: ¿Cuáles son las respuestas que está dando el trabajo social o, mejor dicho, qué tipos de respuestas estamos produciendo los trabajadores sociales ante los cambios de nuestras respectivas realidades y, específicamente, de los objetos y sujetos sociales respecto de los cuales el trabajo social se constituyó en la específica práctica que es?, ¿estamos los trabajadores sociales rearticulando el campo del trabajo social internamente, o las respuestas que estamos dando están referidas sólo al contexto societal inmediato?, ¿en qué sentido las respuestas que estamos dando los trabajadores sociales pueden considerarse respuestas modificadoras, transformadoras y resignificadoras tanto del campo del trabajo social como de la realidad de cada país?, ¿los cambios producidos en el trabajo social atañen a su propia naturaleza o sólo están referidos a la naturaleza de las transformaciones societales que se están produciendo tanto en los ámbitos nacionales como en el internacional?

Son preguntas cruciales que además de dinamizar debates pendientes, procuran no delimitar al trabajo social por su capacidad para ejercer una "mirada trabajadorsocial-lógica", al estilo de las clásicas miradas sociológica, antropológica y sicológica que procuran demarcar o delimitar territorios o esferas de influencia que excluyen la mirada del otro.
Reproducir una mirada de este tipo, pudiera resultar demasiado daltónica y miope no obstante que bien pudiera tener sentido –y de hecho lo tiene sin duda alguna- como criterio ya no de demarcación excluyente, sino, de abarcación de múltiples miradas a partir de la posicionalidad simbólica desde donde los trabajadores sociales realizamos nuestras heterogéneas inserciones en la trama societal.

En fin, de lo que se trata –me parece- es de encarnar una mirada ya no estrictamente disciplinaria o profesionalizante y, por lo tanto defensiva y conservadora de un área o varias áreas de coto, sino, de intentar poner en marcha una nueva visión de mundo y, por lo tanto de una nueva concepción acerca de cómo pensar y hacer las cosas, poniendo de relieve nuestra capacidad de apertura significante hacia nuevos escenarios de conocimiento, problematización y actuación interdisciplinaria, multidisciplinaria y transdisciplinaria.

Desde el conosur hacia el norte de nuestra América Latinoindoafrocaribeña –los estudiantes y colegas mexicanos me harán el favor de contrastarme con sus experiencias- me parece que amplios colectivos de trabajadores sociales muestran menor inclinación por los criterios de ampliación o apertura en favor de los de demarcación esencialista, referidos estos al bienestar asistencial de individuos, grupos y comunidades, considerando seguramente a esta reducción como una característica favorable a una seguridad más o menos cómoda como la que nos ofrece el posicionamiento de lo que consideramos como área de coto.
Sin embargo, conocemos grupos de colegas que se muestran insatisfechos con esta delimitación, porque consideran que tiene implicaciones aislacionistas puesto que hay cosas que quedan por fuera, que se pierden. Pérdida que casi con un sentido de desolación sicológica o de carencia, subyace a la queja genérica que pareciera estar a flor de piel de amplios sectores de trabajadores sociales entre los cuales fácilmente escuchamos lamentaciones tales como “nos hace falta esto o aquello”, “no nos dan el valor que merecemos”, “las condiciones de trabajo no nos permiten prestar servicios sociales de calidad”, “el valor que nos reconocen no se traduce en buenos salarios”, etc.

Como ya hemos mencionado, los criterios estrechos están más relacionados con la representación social de estamento, disciplina o territorio enclaustrado, paradigmatizado. Contrariamente, el término mismo de amplitud se vincula más con la representación de cause, corriente, enfoque o movimiento.
Sin embargo, aún para colegas que se definen como aperturistas apuntan que abrir el trabajo social hacia enfoques multidisciplinarios o transdisciplinarios conlleva el riesgo de la dilución del campo del trabajo social en un exagerado entramado de prácticas y discursos que pudieran resultar sesgadamente sociologistas, politicistas, economicistas o ideologicistas.

Para ellos las definiciones amplias engloban más cosas que son acusadas de difusas, poco sistemáticas o poco metódicas de forma tal que cualquier objeto o situación intersubjetiva resultaría ser trabajadorsocialogizable, de la misma forma que para las demás disciplinas de la ciencia social todos los objetos sociales resultan ser antropologizables, sociologizables, sicologizables, politologizables, sicanalíticogizables, lingüísticogizables ...

Ahora bien, me parece que para que el trabajo social no se pierda en un entramado confuso de objetivos, intereses, prácticas y discursos que aparentemente no nos pertenecen, tenemos que desenredar nuestros propios nudos o bloqueos internos, es decir, apropiándome del título de un libro colectivo venezolano, aprender a desarmar modelos (Frechilla y Texera, comps., 1999) al mismo tiempo que asumimos la realidad de los ovillos externos; entonces, recién podremos empezar a replantearnos preguntas básicas tales como qué es trabajo social o, mejor, qué es el ser del trabajo social y cuál es su concepción de mundo, cuál es su misión y cuáles son sus desideratos en cada momento histórico, en cada ámbito de la realidad. Asimismo, decidir críticamente qué vamos a hacer, por ejemplo, con la metodología -que podemos creer que es exclusivamente nuestra-, pregunta cuya respuesta sólo adquiere sentido de realidad si la producimos teniendo como referente fundamental nuestro heterogéneo trabajo de campo, la ambigua práctica académica así como a nuestra tenue y frágil empresa investigativa.

En todo caso, con estas preguntas sólo he querido señalar el énfasis que considero necesario: ni el trabajo social ni ninguna disciplina o ciencia –así sean denominadas suaves o duras, abstractas o empíricas, aplicadas o no- puede sobrevivir sólo y exclusivamente con teoría ni sólo ni exclusivamente con práctica. Práctica que no se reflexiona, sistematiza ni teoriza alimenta la queja de la carencia, de la repetición y de la incompetitividad.
Teoría que no se instrumenta ni operatiza alimenta el ilusionismo academicista y profesionista, así como el desplazamiento dogmático para el cual el conocimiento es el reflejo objetivo de “la” verdad prexistente y no –valga la metáfora- una bitácora contentiva de orientaciones y guías de pensamiento y acción.

El consumo ideologizante, mistificador, acrítico, descontextualizado y dogmático que algunos sectores del trabajo social hacen de teorías sociales -especialmente sociologistas y economicistas- buscando en ellas respuestas tácticas, operativas e instrumentales que les permita solucionar los problemas propios de la práctica, ha venido marcando la conducta de amplios sectores de trabajadores sociales, tanto profesionales de campo como de la academia, signando al trabajo social con una variedad de sesgos especialmente activistas, pragmatistas, administrativistas, academicistas y burocratistas, que se han venido traduciendo en el ejercicio de un pensamiento de baja intensidad y corto alcance, por lo demás poco tolerante de la complejidad, la turbulencia y la incertidumbre.

De lo anterior se derivan al menos dos retos que tenemos por delante los trabajadores sociales: por un lado, la construcción o, mejor, la encarnación de un pensamiento y un lenguaje estratégico de corto, mediano y largo plazo nos permitirá facultarnos para ejercer plenamente nuestra autonomía argumentativa frente a los dinamismos de los poderes formales e informales, tanto del lado de la señora sociedad civil como del señor estado...
Por otro lado, dar la discusión pendiente entre nosotros a fin de comenzar a acabar con esas odiosas divisiones entre “académicos” y “profesionales”, “licenciados” y “técnicos”, “universitarios” y “preuniversitarios”, “asistentes sociales” y “trabajadores sociales”. Ello como paso necesario para poder salvar al trabajo social de la agonía de una inacabable discusión –esterilizante por lo demás- de si el trabajo social es técnica, ciencia, tecnología, arte, artesanía o estética social...

¿Qué importa lo que seamos: una u otro o todos juntos y algo más?

Por ejemplo, al sicoanálisis nunca le ha preocupado ser ciencia ni técnica ni sicoterapia y nunca lo ha sido. El sicoanálisis, al igual que la terapia sistémica y al igual que algunos lo hacemos con el trabajo social, viene siendo definido como una práctica que tiene un sujeto: el sujeto social. Gracias a ello, los desarrollos más preclaros del sicoanálisis se produjeron fuera de la universidad, fuera del discurso de la universidad que, al decir de Lacan, reproduce el pensamiento de la iglesia, es decir, el pensamiento dogmático.

La producción del saber sicoanalítico en los planos metateórico, ético, ontológico, epistemológico, hermenéutico, dialéctico, subjetivo, etc., viene siendo un permanente e innegable aporte a la ciencia social, a la ciencia política, a las ciencias humanas, cibernéticas y sistémicas.

Más allá de si el trabajo social es ciencia, técnica o lo que sea, lo que importa, me parece, es que constituyamos al trabajo social en un proceso social de producción de conocimientos y saberes que podamos difundir y revalorar en el crisol de la crítica y la autocrítica, tanto entre los colegas entre sí como entre estos y otros profesionales, pero fundamentalmente con los sujetos de nuestra praxis tecnocientífico-profesional.

Con base en mi propia experiencia, dichos conocimientos, me parece, están especialmente referidos a lo siguiente (Barrantes 2001):

  1. Los modos en que las sociedades alimentan recíprocamente la satisfacción de carencias y el potenciamiento de aspiraciones de los diversos con­glomerados sociales, con las necesidades de redespliegue y humanización del conjunto de las relaciones sociales que le dan significado la sociedad considerada en su conjunto más inclusivo.

  1. La construcción de una cultura de paz, justicia, multietni­cidad, multiculturalidad, pluriversalidad e integración fraterna de los habitantes del país de que se trate entre sí y con todos los pueblos del mundo, en especial entre los pueblos de nuestra América Latinoindoafrocaribeña.

  2. La producción de verdades, la creación de estados de derecho y de justicia social; asimismo, la construcción de mundos de vida que se basen en el respeto al derecho ajeno, la tolerancia de las diferencias, la potenciación de identidades y la práctica cotidiana de las normas mínimas de la convivencia pacífica en sociedad.

  3. La construcción de bienestares y plenitudes individuales y colectivas que se basen en el ejercicio inalienable de la democracia y de la libertad de conciencia y de pensamiento.

Una vez definido el estatuto del trabajo social 2, podremos hablar de otras cosas y, fundamentalmente, decidir en términos político-organizacionales, político-estratégicos, táctico-operacio­na­les o ético-geopolíticos, el marco conceptual referencial básico, para entendernos entre la pluriversidad de colectivos de trabajadores sociales y demás sujetos de conocimiento, saberes y de vida; asimismo, para poder colocarnos en condiciones de constituirnos en una verdadera comunidad nacional e internacional latinoindoafrocaribeña de trabajadores sociales noseológica, económica y socialmente productiva.

Ya para ir cerrando este “collage” de parpadeos constitutivos de una mirada que está a la espera de ser alimentada y construida conjuntamente con ustedes y por quienes tengan a bien leerme posteriormente, quiero recapitular diciendo que aquí hemos apuntado a una perspecti­va, a un enfoque no paradigmático. En este sentido, nos hemos interesado por articular una reflexión de las relaciones entre trabajo social y trabajadores sociales, entre sujetos de libertad y comunidad, entre sociedad y civilización, reflexión a través de la cual el trabajo social sea confrontado por los cambios experimenta­dos en el país nacional o la configuración societal de que se trate, y no a la inversa.

Las preguntas y las respuestas quedan abiertas. Ustedes, caros estudiantes y colegas, queridos todos, tienen la palabra. Sin paradigmas.

BIBLIOGRAFÍA

Barrantes, César (2002) Proyecto de Ley del Trabajo Social, Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, Caracas.

Freud, Sigmund (1975), El Malestar en la Cultura, Alianza Editorial, Madrid.

Kuhn, Thommas (1971), La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica, México.

Leclaire, Serge (1989), “La función ética del sicoanálisis”, en Varios (1989:44-54).

Martín Frechilla, Juan José; Texera, Yolanda (comps., 1999), Modelos para desarmar. Instituciones y disciplinas para una historia de la ciencia y la tecnología en Venezuela, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

Mires, Fernando (1998), El Malestar en la Barbarie, Editorial Nueva Sociedad, Caracas.

Morin, Edgar (1997), “Civilizar la tierra”, en Trabajo Social, pág. 62, Escuela Nacional de Trabajo Social, Universidad Nacional Autónoma de México. México, D. F.

Morin, Edgar (2001), “En toda civilización habitan las barbaries”, Tribuna Abierta, en línea: www.clarin.com (derechos de autor de Clarín y Le Monde, 2001) traducción de Cristina Sardoy, Buenos Aires.

Stiglitz; Joseph (2002), El Malestar en la Globalización, Editorial Taurus, Buenos Aires.

Varios (1989), Aspectos del malestar en la cultura. Sicoanálisis y prácticas sociales, Coloquio del CNRS, organizado bajo la dirección de M. Zafiropoulos, Ediciones Manantial, Buenos Aires.

NOTAS

1 En esta misma perspectiva, no menos importante resulta la comunicación periodística de Morin (2001), quien también nos sugiere –a su manera y con gran esperanza planetaria que “no debemos pasar por alto que hay una barbarie incluida en nuestra civilización, que ésta produce fuerzas de descomposición y de muerte y que a nuestro hiperdesarrollo científico y técnico corresponde un subdesarrollo mental y moral... En el estado bárbaro actual del mundo,...Es necesario ...avanzar...hacia la sociedad-mundo y la tierra-patria. Tal vez debamos avanzar todavía hacia el abismo para que haya un verdadero salto, para que la sociedad-mundo se actualice en sociedad de naciones y culturas unidas contra la muerte”, y citando a Freud en otro lugar (Morin 1997:62), nos recuerda con éste “que es tiempo de que el Eros eterno (amor, amistad, fraternidad, solidaridad) vualva a tomar las fuerzas contra su enemigo no menos eterno”, sea el Tanatos.


2 Este “una vez” no tiene sentido de después en sentido cronológico o etapista, sino lógico o como momentos que se pueden realizar concomitantemente.



* Datos sobre el autor:
* César A. Barrantes A.
Profesor investigador de la Universidad Central de Venezuela. Ponencia magistral de cierre presentada al Quinto Congreso de la Federación Mexicana de Alumnos y Egresados de Escuelas de Trabajo Social, celebrado en la Escuela Nacional de Trabajo Social de la Universidad Nacional Autónoma de México, del 17 al 19 de noviembre de 2004.
Forma parte del proyecto de investigación, “Representacines Sociales de los Trabajadores Sociales sobre el Trabajo Social y su Práctica Pofesional en la Veneezuela Actual”, financiado por el Cosnejo de Desarrollo Científico y Humaniístico de la Universidad Central de Venezuela.

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