Ayer y hoy del Día de la Raza

Por José Luis Parra Corrían nuevos tiempos violentos en el mundo. La Primera Gran Guerra (1914 a 1918) provocaba la muerte de 6 millones de seres humanos. Las costas argentinas fueron escenario de la batalla de las Islas Malvinas en diciembre de 1914, en la que la flota alamana sufrió una dura derrota frente a los ingleses usurpadores de nuestro archipiélago austral. Los gobiernos latinoamericanos, y especialmente nuestro país, se manifestaron por la neutralidad. Sin embargo, esa neutralidad estuvo hecha a la medida de las potencias beligerantes que pretendían mantener su mercado abastecedor de materias primas esenciales, como carne y granos. Por otra parte, las exportaciones e importaciones argentinas dependían de los barcos británicos por falta de flota mercante propia, lo que hacía que nuestra clase dirigente estuviera más cerca de las naciones aliadas que de Alemania y los imperios centrales. Una situación similar ocurría en el seno de Europa. España era un país atrasado en lo económico, había perdido sus colonias y estaba en plena crisis. Por lo mismo, a los países en conflicto les resultaba ventajoso que no interviniera en la contienda. Para ellos era necesario contar con escenarios neutrales que produjeran o -recibieran de América- alimentos, y que los abasteciera de armas, uniformes y minerales (carbón). El despegue español fue notable, sostenido justamente por la facilidad de transportar mercaderías que tenían los barcos con bandera neutral. En ese marco se desarrolló un acercamiento entre España y los países latinoamericanos. La política de gestos generó la institucionalización de la Fiesta de la Raza en el mundo iberoamericano. El 4 de octubre de 1917, el presidente Hipólito Yrigoyen promulgó el Decreto que instituyó el 12 de octubre como "Día de la Raza" y declaró ese día como "Fiesta Nacional". Cabe destacar que esta medida obtuvo la adhesión de casi todas las naciones americanas, incluyendo Estados Unidos (donde se celebra como Columbus Day o el Día de Colón). El Decreto afirma: “El descubrimiento de América es el acontecimiento más trascendental que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu. Que se debió al genio hispano intensificado con la visión suprema de Colón, efemérides tan portentosa, que no queda suscrita al prodigio del descubrimiento, sino que se consolida con la conquista, empresa ésta tan ardua que no tiene término posible de comparación en los anales de todos los pueblos. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdores, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana. Por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de la fecha en homenaje a España, progenitora de las naciones a las cuales ha dado con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, debemos afirmar y sancionar el jubiloso reconocimiento...” En síntesis, estamos frente a una apología de la conquista y el genocidio, que continúa en vigencia a pesar del proceso mundial de descolonización, de las convenciones internacionales en defensa de los Derechos Humanos o del reconocimiento a la diversidad cultural, a las culturas originales, a la lucha contra actos de limpieza étnica, genocidio y crímenes de lesa humanidad. Nuestra sociedad, que debe basar su desarrollo en la inspiración y los límites señalados en nuestra Constitución Nacional -para lograr el respeto por las diferencias, la justicia y el orden- festeja con total desparpajo el Día en que comenzó el proceso más negro de nuestra historia. La segunda Guerra Mundial provocó la muerte de 60 millones de personas. Y en poco menos de siglo y medio desde la llegada de los europeos, murieron entre 60 y 70 millones de habitantes originarios de nuestro continente. Si trasladamos esa cifra al número actual de la población mundial, estariamos hablando -hoy- del exterminio de más 1.200 millones de seres humanos. La población en el territorio incaico disminuyó de 6 millones en 1541 a tan solo 1 millón en menos de 100 años. En Santo Domingo, de 4 millones de habitantes a la llegada de Colón, quedaban vivos poco más de 100 mil pocos años más tarde. Como señaló Tzvetan Todorov, “si alguna vez se ha aplicado con precisión la palabra genocidio, es a éste. Me parece que es un record, no sólo en términos relativos (una destrucción del orden del 90% y más), sino también absolutos, puesto que hablamos de una disminución de la población estimada en70 millones de seres humanos”. La Conquista que valoramos y justificamos cada 12 de octubre no sólo produjo muerte. Los europeos extinguieron etnias completas, destruyeron invalorables manifestaciones culturales de ciencia y arte. Destruyeron recursos naturales, saquearon oro, plata y todo tipo de minerales. Las tierras de cultivo para alimentos fueron destinadas a plantaciones de producción de materias primas para consumo de las potencias. Para reemplazar a las poblaciones originarias, fueron esclavizados más de 15 millones de africanos que sirvieron como mano de obra en las plantaciones y minas. El desarrollo europeo descansa en el genocidio, la usurpación y la esclavitud. Fray Bartolomé de las Casas lo dijo ya en 1563: “todo el oro, plata, piedras preciosas, perlas, joyas, gemas y todo otro metal y objeto precioso de debajo de la tierra, o del agua o de la superficie que los españoles tuvieron desde tiempo en que se descubrió aquel mundo hasta hoy... fue robado todo, injustamente usurpado y perversamente arrebatado; y por consiguiente los españoles cometieron hurto o robo que estuvo y está sujeto a restitución”. El reconocimiento y valoración de los hechos del pasado convalida los actos de nuestro presente. El rol de nuestro país como “colonia” durante la primera Guerra Mundial explica las razones por las que se formalizó el festejo de la conquista y colonización en 1917. El festejo de hoy es un acto más del proceso de trasculturación impuesto por los grupos de poder, en el que se nos convence acerca de las ventajas de ser colonizados para despreciar lo propio, como lo sentenciara Domingo F. Sarmiento cuando criticó a la colonización española porque ”... sin ser más humana que la del Norte (Inglaterra), incorporó en su seno a los salvajes, dejando para los tiempos futuros una progenie bastarda, rebelde a la cultura....” No está de más, a 517 años de la conquista y a 92 de su reafirmación con la institución del Día de la Raza, volver a pedir que revisemos todo aquello que consideramos fundador de nuestra identidad.

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