La Historia que no se tiene en cuenta

Por José Luis Parra
La catástrofe ocurrida en Japón sacudió con fuerza pocas veces vista a todo el planeta, pero especialmente a los seres humanos en su conciencia. A pesar de lo impactante y terrible del hecho que produjo la muerte de miles de personas, el terremoto y posterior tsunami pasaron en forma rápida a un segundo plano en la consideración general. El pánico creció a partir de la explosión de la central nuclear de Fukushima.
La calamidad de un futuro incierto y aciago encuentra a una humanidad ante un escenario en el que se percibe que no se pueden manejar las tremendas fuerzas -producto de la inteligencia humana- que se pusieron en funcionamiento desde hace cientos de años para obtener más ganancias a expensas del agotamiento de la tierra, la destrucción ambiental y la sentencia a la miseria y muerte de millones de seres agobiados por la esclavitud, la explotación, el hacinamiento, la falta de elementos vitales, etc.

La humanidad se encuentra dividida en dos grupos. Por un lado, quienes adscriben al sistema imperante y hallan un lugar dentro de él, manejado en forma absoluta por los grandes emporios multinacionales. Por otro, quienes tratan de encontrar nuevos espacios de resistencia frente al avance del saqueo. Igual que en otras épocas de la Historia, se habla de centro y periferia, de desarrollo y subdesarrollo, de civilización y barbarie, de metrópolis y colonias.
El Primer Mundo se hizo rico aprovechando los recursos naturales que le ofrecía el planeta. Y en el colmo de su soberbia, nos obliga a todos a compartir las consecuencias de sus actos. Mal podría llamarse contradicción al hecho de que en un capitalismo absoluto, las multinacionales se queden con la riqueza y socialicen la contaminación y el deterioro ambiental y humano. Es que, como plantearan muchos pensadores, la riqueza de unos tiene directa relación con la pobreza de otros.
La falta de memoria puede ser fatal, especialmente en este momento. Repasemos algunos -sólo algunos- hechos en los que los conquistadores provocaron destrucción y muerte. Quizás podamos entender la desaprensión que muestran nuestros dirigentes hacia la conservación de los bienes de la humanidad y las futuras generaciones.

Destrucción del ecosistema incaico
El mundo andino (Incas) precolonial fue un ejemplo de equilibrio ecológico y eficiencia en el manejo del suelo y el agua, lo que pudo producir un sistema exitoso que permitió alimentar a una gran población sin degradar el ambiente.
Convivieron con la fragilidad de su entorno natural en un sistema montañoso, utilizando técnicas de construcción en terrazas, fertilización natural del suelo con guano, descanso entre cosechas para permitir la recuperación de la fertilidad. El elemento filosófico más importante que permitió el desarrollo de semejante sistema fue el de la propiedad comunal de la tierra, es decir que no existía la propiedad privada.
En el “Imperio Inca” no existía la pobreza.
Cuando llegaron los españoles, el único interés que manifestaron fue por el oro y la plata. Luego de vencer a Atahualpa, se repartieron las tierras y esclavizaron a los pobladores, obligándolos a trabajar principalmente en las minas. El desalojo de los lugares de cultivo produjo la desertificación de la tierra. La esclavitud en las minas, sumado al contagio de enfermedades desconocidas más la falta de alimento produjo que al cabo de 150 años de conquista quedara sólo un 5 por ciento de la población originaria.
Desde la visión del conquistador, todo lo que encontraban a su paso era hostil. Los indígenas eran enemigos atrasados e infieles a los que había que dominar. Otro tanto para la naturaleza: todo era extenso, inabarcable, ingobernable. De esta concepción utilitaria y fundamentadora de la conquista surge la convicción de que, para mejorar es necesario primero destruir. Para hacer progresar un bosque, lo mejor era quemarlo. A lo largo de nuestra historia se repetirá esta idea, a veces con un propósito productivo, pero muchas por un principio cultural, tal como señalaba Domingo F. Sarmiento al exponer que “el problema que aqueja a la Argentina es su extensión”.

Destrucción del ecosistema norteamericano
La Conquista del Oeste fue convalidada por la historia oficial estadounidense y por Hollywood durante muchos años y quedó lavada en millones de conciencias que consideraron a los indígenas como estorbos para el progreso. A ellos se los responsabilizó de su propia casi extinción, hecho considerado como algo natural.
Luego de la independencia en 1776, se produjo una notable expansión del nuevo Estado hacia la costa del Pacífico, dominando los territorios de los pueblos originarios.
La forma más rápida que encontraron para imponerse fue la de destruir las fuentes de alimento de los pobladores. La base de su economía era el bisonte (llamado búfalo por los conquistadores), ya que dependían de este animal para su alimentación, vestido y vivienda, además de emplear sus excrementos secos como combustible.
Se calcula que el número de bisontes en América del Norte, antes de la llegada de los europeos, superaba los 60 millones de individuos.
Para obligar a los pueblos originarios a abandonar sus tierras, en lo que se llamó “la conquista del Oeste” durante el siglo XIX, el “hombre blanco” llevó a cabo una cruenta matanza masiva de bisontes. Luego de cada incursión de “caza” quedaban en tierra centenares de animales muertos abandonados a las aves de rapiña.
Así, se premiaba a quienes colaboraban con el exterminio. William Frederick “Buffalo Bill” Cody, considerado como una de “las figuras más pintorescas del viejo oeste”, famoso por su participación en la matanza de bisontes, fue condecorado con la Medalla de Honor. En 1884 se declaró la extinción de las manadas de los bisontes.

Destrucción hoy, la conquista moderna
Los desequilibrios ecológicos generados por la conquista pueden explicarse como la herramienta que se utilizó para consolidar la dominación de vastos territorios habitados por millones de seres. El modo más rápido de imponerse fue la destrucción de sus medios de subsistencia.
La destrucción ambiental no es ajena a este modo de producción en el que las ganancias de una minoría se sostienen en las desventuras de la mayoría.
La falta de cuidado ambiental no puede explicarse por la insensatez humana.
Los dirigientes mundiales no se equivocan; cuentan con el consejo y el trabajo de miles de científicos, educados en centros educativos costeados por los contribuyentes de todos los países.
La ciencia sostenida en el concepto capitalista de obtener la mayor cantidad de ganancia en el menor tiempo posible y al menor costo, impone las reglas del mercado y de la política dominados por las empresas multinacionales, como el caso de las imponentes “petroleras”.
Uno de los problemas ambientales más discutidos en estos últimos años es sin dudas el del calentamiento global. En 1994, los países industrializados firmaron en Japón el protocolo de Kyoto, comprometiéndose a disminuir las emanaciones de gases contaminantes, producto de la combustión de combustibles fósiles. Sin embargo, el gobierno de Bush en 2001 retiró a Estados Unidos (mayor emisor de gases contaminantes del mundo) del protocolo, por considerar que “perjudicaba a la economía de su país”. Dos años más tarde Estados Unidos invadió Irak, uno de los países más ricos en petróleo.

En síntesis, es necesario revisar en forma permanente todas las situaciones que aparecen como aisladas y son tomadas -las más de las veces- como accidentes en los que los perdedores son siempre los mismos. Contamos con la Historia como nuestro auxilio más importante.

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