SUMARIO Nº 7
Editorial
Jorge de la Vega
Georges Brassens
Frei Betto: carta al Che
Agustín Tosco: entrevista, 1972
Alejo Carpentier
Cátulo Castillo: el poeta
Pajarito Zaguri: entrevista, 1970
John W. Cooke: Apuntes para la militancia
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Cátulo Castillo

"Un poco de recuerdo y sinsabor / gotea tu rezongo lerdo / marea tu licor y arrea / la tropilla de la zurda / al volcar la última curda. / Cerráme el ventanal que arrastra el sol / su lento caracol de sueños; / no ves que vengo de un país / que está de olvido y siempre gris / tras el alcohol" rezonga, por supuesto, el desgarro de La última curda que, con música de Troilo, escribió Cátulo Castillo. En esas dos estrofas se resumen todas las obsesiones de este poeta. Las palabras último y final, de hecho, aparecen prácticamente en todos sus tangos, como también la idea de que las nostalgias suelen buscar y encontrar un buen refugio en el alcohol.

Cátulo Castillo nació el 6 de agosto de 1906. Sus primeras producciones, extrañamente, no lo tenían como letrista sino como compositor, como en el clásico Organito de la tarde que compuso a los 17 años, con letra de su padre José González Castillo. Conjugarse con su padre fue sólo una de las tantas llamativas comuniones de Cátulo, de las cuales la más interesante fue su doble carrera: a la vez que triunfaba como letrista, se destacaba como boxeador, llegando a ser campeón argentino de peso pluma.

Con apenas 19 años escribió y compuso Caminito del taller, grabado en 1925 ni más ni menos que por Carlos Gardel: "Caminito al conchabo, caminito a la muerte / bajo el fardo de ropa que llevás a coser. / Quién sabe si otro día quizás pueda verte / pobre costurerita, camino del taller", decía la canción que pinta una época de Castillo, en la que la sensibilidad por los temas sociales predominaba en su temática. Sin embargo, no es ésa su época más conocida sino que sus mejores tangos parecen ser hijos de cierta desesperación, de temibles angustias, del pavor a los finales, y en particular al final último y definitivo, la muerte.

"Quisiste con ternura y el amor / te devoró de atrás hasta el riñón / se rieron de tu abrazo y ahí nomás / te hundieron con rencor todo el arpón", es la letra de Desencuentro, compuesto junto a Troilo, que termina con una de las frases más negras y terribles del tango: "Amargo desencuentro porque ves que es al revés / creíste en la honradez y la moral, qué estupidez. / Por eso en tu total fracaso de vivir / ni el tiro del final te va a salir."

Algunos de sus valses también resultan memorables, empezando por esa entrañable recreación del barrio de Belgrano bautizada Caserón de tejas. Sin embargo, fueron sus tangos los que lo llevaron a la gloria, siempre acertados a la hora de elegir los mejores compositores. Junto a Sebastián Piana compuso el nostálgico Tinta roja, que se pregunta: "¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, vida mía / volcás como entonces / tu clara alegría?". Con Héctor Stamponi compuso, entre otros, El último café, que lloraba con enojo y a la vez dulzura: "Del último café que tus labios con frío / pidieron esa vez con la voz de un suspiro. / Recuerdo tu desdén / te evoco sin razón / te escucho sin que estés. / ´Lo nuestro terminó´ / dijiste en un adiós / de azúcar y de hiel."

Sin embargo, sus mejores encuentros eran con Troilo. De esa dupla surgieron maravillas como Patio mío, La cantina o el inolvidable María, y fueron también ellos los que homenajearon a su amigo Homero Manzi, a quien le cantaron: "Ya punteaba la muerte su milonga / tu voz calló el adiós que nos dolía; / de tanto andar sobrándole a las cosas / prendido en un final, falló la vida. / Yo sé que no vendrás pero, aunque cursi / te esperará lo mismo el paredón. / Y el tres y dos de la parada inútil / y el resto fraternal de nuestro amor."

De tanto homenajear, Cátulo se ganó también su homenaje póstumo, a cargo de Eladia Blázquez: "Tu muerte fue una tarde muy cálida de octubre / acaso presentiste que sucediera así / en plena primavera, y cuando el sol se viste / de luz y mariposas, y el aire de jazmín. / A vos que te gustaba profundamente serio / desentrañar las cosas, llegaste a tu confín / y esa doliente tarde entraste en el misterio / para volver en tango, mi viejo Catulín."

Fue una tarde de octubre, efectivamente; más precisamente el 19, que Cátulo se echó a morir. Fue cuando ya se habían ido varios de sus hermanos los letristas que lo acompañaban en esa noble tarea de ponerle poesía al tango, o de ponerle tango a la poesía. El cielo se ensombreció por la dolorosa ausencia de la que hablaba Eladia: "Me duele el sol, y hasta el alcohol, me pone triste. / Qué ausencia cruel, de pan y miel, cuando te fuiste. / Desde la luz de tu bondad eterna / nos sonreirás, con la piedad más tierna. / Me duele andar, y respirar, sin tí."

Por Pablo Wittner
Publicado en LAMAGA.com.ar


Caminito del taller
(Tango). Letra y música: Cátulo Castillo

Una mañana fría te vi por vez primera
por la desierta calle, rozando la pared,
como si el viento helado que barría la acera
te acelerara el paso, camino del taller.

Y en el fondo grisáceo de aquel día de hielo
ponían una gota de ironía mordaz,
el sol de tus cabellos, tus pupilas de cielo
y el cuerpito aterido que envolvía el percal.

Había en tus pasitos taconeo de tango
y frufruces de seda en tu marcha sensual,
pero tu personita claudicaba en el fango
bajo el fardo de ropas que nunca te pondrás.

Y marcha así,
hoja de amor
que lleva el turbión
rumbo al taller.

¡Pobre costurerita! Ayer cuando pasaste
envuelta en una racha de tos seca y tenaz,
como una hoja al viento, la impresión me dejaste
de que aquella tu marcha no se acaba más.

Caminito al conchabo, caminito a la muerte,
bajo el fardo de ropas que llevás a coser,
quién sabe si otro día quizá pueda verte,
pobre costurerita, camino del taller.

Por eso son tan tristes todas las ilusiones,
y por eso en las locas noches del arrabal
parece que se quejan los roncos bandoneones
y cada tango es una canción sentimental.

La última curda
Tango - Música: Aníbal Troilo
Letra: Cátulo Castillo

Lastima, bandoneón,
mi corazon
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron
me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.

¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!
mi confesión.

Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.

¡Ya sé que te lastimo!
¡Ya se que te hago daño
llorando mi sermón de vino!

Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en el licor que aturde,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.

Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.

Cerrame el ventanal
que quema el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?...


Tinta roja
Música: Sebastián Piana
Letra: Cátulo Castillo

Paredón,
tinta roja en el gris
del ayer...

Tu emoción
de ladrillo feliz
sobre mi callejón
con un borrón
pintó la esquina...

Y al botón
que en el ancho de la noche
puso el filo de la ronda
como un broche...

Y aquel buzón carmín,
y aquel fondín
donde lloraba el tano
su rubio amor lejano
que mojaba con bon vin.

¿Dónde estará mi arrabal?
¿Quién se robó mi niñez?
¿En qué rincón, luna mía,
volcás como entonces
tu clara alegría?

Veredas que yo pisé,
malevos que ya no son,
bajo tu cielo de raso
trasnocha un pedazo
de mi corazón.

Paredón
tinta roja en el gris
del ayer...

Borbotón
de mi sangre infeliz
que vertí en el malvón
de aquel balcón
que la escondía...

Yo no sé
si fue negro de mis penas
o fue rojo de tus venas
mi sangría...

Por qué llegó y se fue
tras del carmín
y el gris,
fondín lejano
donde lloraba un tano
sus nostalgias de bon vin.

Caserón de tejas
Música: Sebastián Piana
Letra: Cátulo Castillo

¡Barrio de Belgrano!
¡Caserón de tejas!
¿Te acordás, hermana,
de las tibias noches
sobre la vereda?
¿Cuando un tren cercano
nos dejaba viejas,
raras añoranzas
bajo la templanza
suave del rosal?

¡Todo fue tan simple!
¡Claro como el cielo!
¡Bueno como el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo!
Cuando en el pianito
de la sala oscura
sangraba la pura
ternura de un vals.

¡Revivió! ¡Revivió!
En las voces dormidas del piano,
y al conjuro sutil de tu mano
el faldón del abuelo vendrá...
¡Llamalo! ¡Llamalo!
Viviremos el cuento lejano
que en aquel caserón de Belgrano
venciendo al arcano nos llama mamá...

¡Barrio de Belgrano!
¡Caserón de tejas!
¿Dónde está el aljibe,
dónde están tus patios,
dónde están tus rejas?
Volverás al piano,
mi hermanita vieja,
y en las melodías
vivirán los días
claros del hogar.

Tu sonrisa, hermana,
cobijó mi duelo,
y como en el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo,
tornará el pianito
de la sala oscura
a sangrar la pura
ternura del vals...