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Periódico de Trabajo Social y Ciencias Sociales
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Por James Petras
Según se desprende de entrevistas y conversaciones con inversionistas de Wall Street, administradoras de riesgo y funcionarios del sector de in-dustria y comercio de Washington, así como de una lectura cuidadosa de los reportes del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, del Financial Times y de las páginas financieras del New York Times en los pasados seis meses, existe una jerarquía de favoritos y enemigos entre los gobiernos de América Latina. Los criterios usados para juzgar a los regímenes se refieren a su disposición para seguir las políticas neoliberales de Wall Street y Washington, su capacidad de llevarlas a cabo y de asegurarse legitimidad política.
Las calificaciones del establishment han cambiado en años recientes, en particular cuando los gobiernos favoritos han sido ineficaces en imponer políticas o se han aislado políticamente. Por ejemplo, hace uno o dos años el presidente boliviano Sánchez de Lozada, el peruano Toledo y el régimen de Uribe en Colombia tenían calificación alta por su fuerte apoyo al libre comercio en la región, sus programas de privatización, su compromiso con el pago expedito y total de la deuda y su apoyo incondicional a las intervenciones militares de Bush en Colombia, Afganistán e Irak. Este año han perdido puntos, no porque hayan cambiado sus políticas sino porque están casi privados de respaldo político, son clientes aislados y desacreditados, de valor limitado para los objetivos de la agenda de Washington y Wall Street.
Los favoritos de 2003
En la actualidad Brasil ostenta la más alta calificación en el establishment estadunidense por cuatro factores: 1) lo que un cínico corredor de Wall Street (y ex izquierdista) llamó el "neoliberalismo talibán" de Lula (en referencia a su dogmática adhesión a todo el repertorio del FMI, desde la austeridad fiscal hasta sus exhortos a las empresas trasnacionales para combatir la pobreza); 2) su vigorosa aplicación de la severa agenda neoliberal, incluso formando alianzas con los partidos de derecha y disciplinando a los diputados disidentes de su propio partido; 3) el hecho de que conserva una mayoría popular en las encuestas y ha tenido éxito en cooptar o neutralizar a la organización sindical de izquierda (CUT) y hacer caso omiso de las demandas del Movimiento de los sin Tierra; y 4) que Lula sigue llevando adelante la agenda del FMI pese a una tasa de crecimiento negativa en los primeros seis meses de 2003.
El segundo en la lista de popularidad es el presidente Lucio Gutiérrez de Ecuador, quien ha reafirmado la economía dolarizada, confirmado la base militar estadunidense en Manta, apoya la intervención dirigida por Washington en Colombia (Plan Colombia) y propone privatizar las estratégicas industrias petrolera y energética. Un poco más abajo en la escala aprobatoria están los presidentes Vicente Fox de México, Uribe de Colombia y Lagos de Chile, quienes son devotos discípulos de la agenda neoliberal del ALCA que impulsa Washington. Va-rios factores han causado que estos presidentes clientes pierdan la más alta calificación. En primer lugar, Fox ha sido incapaz de sacar adelante la privatización del petróleo y la electricidad que promueve Wall Street, e insiste en obtener a cambio la legalización de 4 millones de trabajadores mexicanos en Estados Unidos. En segundo lugar, permitió que Jorge Castañeda, activo número uno de Washington, fuera echado de la cancillería. Además, no se alineó con Bush en la votación del Consejo de Seguridad contra Irak.
De la misma forma Uribe perdió puntos por su incompetencia en librar la guerra de Washington contra las guerrillas y su creciente aislamiento político y social. Prometió a Washington que militarizaría el país y destruiría las guerrillas. Después de un año de combates su fracaso ha sido total. Fuentes del Pentágono afirman que sus comandantes militares es-tán más interesados en confiscar drogas para revenderlas que en combatir a los guerrilleros.
Los clientes de segunda clase tienen la virtud, a los ojos de Wall Street, de ser aliados estratégicos y neoliberales, aun si sus ocasionales y tibias expresiones de disensión irritan al Pentágono de Rumsfeld. En el tercer nivel en la escala positiva están muchos que antes estuvieron en la posición más alta: Batlle de Uruguay, Sánchez de Lozada de Bolivia y Toledo de Perú. Batlle encabeza un régimen infestado de corrupción que se mantiene en el poder en buena medida gracias a la inercia del sistema político y al ultralegalismo y prudencia de la oposición parlamentaria de centroizquierda. Sánchez de Lozada y Toledo tienen menos de 10 por ciento de respaldo popular y constantemente en-frentan oposición en las calles. Son absolutamente ineptos y carecen de poder para aplicar como quisieran la agenda privatizadora de Wall Street y las políticas represivas de Washington contra los cultivadores de coca. Washington y Wall Street continúan apoyando a estos regímenes, pero tienen previsto descartarlos si crece la presión popular. En-tonces tienen la opción de buscar a un centrista "responsable" (como Alan García del APRA, en Perú) que apague el fuego, o de una junta militar-civil en Bolivia (como da a entender el embajador Greenlee) que tome el poder para "salvar la democracia" conforme a la fórmula de Rumsfeld.
Entre las calificaciones positivas y las negativas está el nuevo presidente argentino, Néstor Kirchner. Washington demostró su reacción negativa a la derrota de sus dos candidatos favoritos de ultraderecha (Menem/Mur-phy) enviando a un emigrado cubano de bajo nivel, ministro del gabinete, a la toma de po-sesión de Kirchner. Wall Street está ansiosa de ver cómo maneja el argentino las negociaciones con el FMI, qué tan aprisa reanudará los pagos de la deuda y por cuánto tiempo puede mantener el orden y llegar a acuerdos con la elite financiera local y las trasnacionales. En las calificaciones negativas vienen Venezuela y Cuba, en ese orden. Venezuela está en la calificación negativa de Washington pero es ambivalente en Wall Street. La discrepancia tiene que ver con la política heterodoxa de Chávez. Paga sus deudas a tiempo a los bancos, es un fiel proveedor de petróleo a Es-tados Unidos aun en tiempos de guerra imperialista, no ha nacionalizado ninguna propiedad estadunidense ni aplicado impuestos graduales. Su equipo y políticas económicas, de corte neoliberal, se consideran marcas positivas en Wall Street. Sin embargo, ha destituido a los ejecutivos más maleables y corruptos de la compañía petrolera estatal, proclives a Wall Street, destinado parte de las ganancias a las inversiones en desarrollo interno en vez de al mercado de valores estadunidense, lo que ha privado a éste de lucrativas comisiones. Ha instituido controles monetarios y limitado el flujo de capital y ganancias, lícitas e ilícitas, a los bancos e inversionistas en bienes raíces de Estados Unidos. Si bien existe cierta ambigüedad en Wall Street respecto del desempeño económico de Venezuela, en Washington su calificación es absolutamente negativa. Chávez derrotó a los "activos" venezolanos dirigidos por la CIA y a los clientes políticos de Washington, que han tratado dos veces de derrocarlo. Ha adoptado una postura crítica hacia la guerra al terrorismo, el Plan Colombia y el ALCA en nombre de la paz, el antimilitarismo y la integración latinoamericana. Con Chávez, Venezuela mantiene comercio y amistosas relaciones diplomáticas con Cuba. En la visión mundial de Rumsfeld y Wolfowitz, Venezuela necesita un "cambio de régimen".
Cuba está claramente en el punto más bajo de la escala de Washington. El gobierno de Bush la considera un objetivo militar, como parte del eje del mal, que estaría al borde de la invasión de no ser porque cuenta con las fuerzas armadas mejor entrenadas del tercer mundo, con un excelente sistema de seguridad y con el respaldo popular de millones de cubanos. Es el enemigo número uno porque representa una clara alternativa a las colonias neoliberales de la región. Es una fuerza im-portante en Naciones Unidas y en todos los foros internacionales, que expresa solidaridad con los movimientos antimperialistas y antiglobalizadores y se opone a los designios imperiales estadunidenses en Asia, Medio Oriente y, en especial, América Latina.
Si bien Washington da a La Habana la calificación más baja posible, Wall Street, o al menos partes del gran sector agroempresarial, no siempre están de acuerdo. La Cámara de Comercio estadunidense y los grandes exportadores de productos agrícolas han conferido a la isla una calificación económica positiva en términos de su disponibilidad como mercado, además de que cuenta con importantes industrias en turismo, aerolíneas y servicios.
Conclusión
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