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Periódico de Trabajo Social y Ciencias Sociales
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DESAFIO NEOLIBERAL CONTRA AMERICA LATINA Publicado por ANNCOL Agencia de Noticias Nueva Colombia (http://home3.swipnet.se/anncol/index.htm)
Por Luis Alberto Matta Aldana
Es la lógica
perversa sobre la cual se pretende sustentar su validez, encubriendo en forma
tramposa las intenciones belicistas y financieras de los norteamericanos
amangualados con la oligarquía colombiana. Los sectores poderosos, de por sí,
ligados al gran capital en ambos países, apuestan a la derrota política y
militar del movimiento popular de oposición, y en particular buscan doblegar a
la insurgencia guerrillera.
El propósito de Estados Unidos con el Plan Colombia, es el de intervenir en el conflicto social
y político interno, para imponer y favorecer a importantes transnacionales del
petróleo y del carbón, facilitar la privatización de las principales empresas
estatales especialmente en los sectores de salud, educación y comunicaciones,
proteger a los terratenientes empeñados en el desarrollo agroindustrial y
ganadero, y principalmente, apoderarse sin impedimento alguno de las enormes
riquezas de la amazonía.
La injerencia
política y militar yanqui en Colombia apunta, además, a amedrentar a los pueblos
de América Latina. Estados Unidos busca un reposicionamiento geoestratégico en
la región, ante el creciente descontento popular que despierta las políticas
neoliberales en Ecuador, Perú, Brasil, y Panamá. Así mismo, los norteamericanos
observan con inocultable desagrado el proceso de cambios sociales y políticos
que vive Venezuela, proceso al que acusan tendenciosamente las elites
colombianas de tener una aproximación ideológica y política con las FARC-EP
(Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia _ Ejército del
Pueblo).
El Plan Colombia
constituye un grave riesgo para las luchas populares en América Latina. En días
pasados Horacio Serpa, un connotado y corrupto político colombiano (excandidato
presidencial), propuso en reunión con militares y diplomáticos estadounidenses,
que este Plan debería tener alcances en toda la región Andina y
Amazónica.
Posturas como esta
no se pueden ignorar. Nuestro país se enfrasca en una gigantesca carrera
armamentista sin precedentes en la región. En la actualidad hacen presencia
permanente en territorio colombiano, al menos 400 _asesores_ norteamericanos, y
para nadie es un secreto que decenas de ellos son mercenarios, entrenados en
conflictos padecidos por Africa, el golfo Pérsico y los
Balcanes.
No obstante la nueva
modalidad de intervención gringa, no contempla en principio el desembarco
directo de sus tropas. A cambio, el ejército y la policía colombianos se
transforman aceleradamente en una poderosa máquina de guerra. El 80% de la
primera parte de _ayuda_ norteamericana (Unos 1300 millones de dólares) está
representada en sofisticados radares, aviones espía, 30 helicópteros de guerra
Black Hawk y 75 Huey UH1H reartillados, entrenamiento y financiación de 5 nuevos
batallones hasta alcanzar 52.000 soldados profesionales que se sumarán a más de
150.000 efectivos existentes, para un total cercano a 320.000 personas
vinculadas a cuestiones militares, de inteligencia y
seguridad.
No es un juego.
América Latina debe preocuparse seriamente. EE.UU. reconstruye un escenario de
nueva guerra fría, en el que Colombia podría convertirse en cabeza de playa para
una futura agresión norteamericana a Venezuela.
En la amazonía,
particularmente en el área que va de Ecuador a Colombia, existe enorme
preocupación por el impacto ambiental que ha de producir el uso indiscriminado
de glifosfato y del hongo Fusarium Oxisporum contra los cultivos de coca. Hay
conciencia entre las comunidades, que esta será una agresión devastadora para
las selvas, que traerá consecuencias muy graves para esta reserva de la
humanidad. Es difícil creer que los EE.UU. abandonarán la Amazonía luego de
estar posicionados en ella. Las riquezas naturales y las vecindades petrolíferas
son un atractivo imperante para el gran capital.
En general para los
gobiernos vecinos, el Plan Colombia traerá más violencia, cambios tecnológicos
en el conflicto, masiva presencia norteamericana en la zona, generará miles de
desplazados, y probablemente los cultivos de coca se extiendan más al interior
de la Amazonía.
LAS TRAMPAS DEL PLAN
COLOMBIA:
1. Lucha
contra el narcotráfico:
El narcotráfico es consubstancial con el capitalismo
contemporáneo. Los flujos millonarios que produce el negocio de las drogas,
constituyen el plasma para evitarle anemia a un sistema que se sostiene a base
de la especulación, y que necesita para sobrevivir la circulación de los enormes
capitales que le dan vida.
La preocupación de
los estadounidenses frente al narcotráfico es hipócrita. Por un lado buscan
sustitutos sintéticos de los diversos estupefacientes y alucinógenos, para
controlar más y mejor el negocio, y del otro, permiten el funcionamiento de los
paraisos fiscales, de tal forma que puedan captar los grandes capitales que deja
la droga.
No existe un Plan
Estados Unidos para desarticular la intacta estructura financiera que se ocupa
de la comercialización de la droga, cuyos responsables se encuentran en el
corazón mismo de sus grandes ciudades, ligados a menudo con la banca
internacional. Menos se menciona, la existencia según datos propios, de un poco
más de 20 millones de adictos y consumidores en sus
calles.
Las fábricas de
insumos químicos y aditamentos para hacer la cocaína y heroína en general son
norteamericanas y no se conocen sanciones al respecto. Hoy los EE.UU. con
enormes plantíos de marihuana en Virginia y California se constituyen en el
primer productor de esta hoja en el mundo (La marihuana es el tercero entre sus
productos agrícolas luego del maíz y el trigo). Al parecer, mientras esta
producción no implique fuga de capitales, no será preocupación del alto
gobierno.
Por tanto,
presentarse ante el mundo como los enemigos del narcotráfico, no deja de ser una
paradoja. Sí ese es el propósito del Plan Colombia, este constituye una trampa,
que de fondo oculta el interés norteamericano por consilidar un modelo de
acumulación hegemónica del capital financiero y las transnacionales. En ese
propósito se acude a la estrategia de empañar la realidad para justificar sus
intenciones; no es raro que en preparación de este plan de guerra, la CIA haya
clasificado a las FARC-EP como un grupo terrorista y
narcotraficante.
Es claramente
tendencioso por parte de EE.UU. hacer creer, que esa buena parte del campesinado
colombiano que ha organizado resistencia en armas, justamente contra las
injusticias del capitalismo, pertenezca y dependa de un fenómeno propio de las
formas de acumulación y especulación del capital, como lo es el
narcotráfico.
En realidad lo que
demuestra el stato-quo colombo-estadounidense, es la preocupación por el arraigo
popular de la guerrilla y su significativo ascenso politico-militar. Temen que
su desarrollo conduzca a articular al conjunto del movimiento social en
Colombia, y que de repente se convierta en un ejemplo a seguir por otras
organizaciones de oposición en América Latina y el mundo.
Esta situación es la
que obliga a que la oligarquía colombiana y norteamericana reconozca y se
preocupe principalmente por la dimensión armada del conflicto social y político.
Así como el actual proceso de diálogo y negociaciones entre la insurgencia y el
gobierno colombiano, es un triunfo del movimiento social y popular que lucha por
la paz, movimiento que dinamizan las FARC-EP y el ELN con sus propuestas, el
Plan Colombia constituye la amenaza más clara contra la paz no solo en Colombia,
sino en la región.
2. Defensa de la
democracia: El Plan
Colombia es un salvavidas para la maltrecha institucionalidad colombiana. Se
trata de evitar el desmoronamiento de un establecimiento tradicionalmente
corrupto y profundamente criminal, sumido en una profunda crisis económica y
política. Es prudente recordar que el apoyo norteamericano, sobre todo en
términos militares, tradicionalmente ha favorecido gobiernos proclives a sus
políticas e intereses, y que generalmente estas _ayudas_ las han recibido
aquellos regímenes altamente comprometidos en la violación de derechos
humanos.
Por ello no
sorprende que hoy el principal beneficiario de ayuda y entrenamiento militar
norteamericano en el hemisferio occidental sea Colombia. Justo es allí, donde
las fuerzas de seguridad, la policía, los militares y en general el
establecimiento, acumulan el expediente más alarmante en violaciones a los DDHH
del hemisferio occidental.
La estabilidad de
este régimen genocida se ha mantenido a base de la represión generalizada y el
crimen político. La justicia, principal soporte de una democracia, en Colombia
ostenta un 97% de impunidad, es decir no existe. La pobreza se multiplica como
un cancer, al punto que de los 40 millones de habitantes hay 25 millones de
pobres, 10 millones de ellos en la miseria total. La corrupción alcanza todos
los niveles del Estado siendo una cuestión prácticamente
insostenible.
Colombia tiene entre
sus habitantes a dos millones de desplazados internos, y un partido político de
oposición exterminado -2-. Es tal el drama, que conviene recordar que la mitad de
los sindicalistas asesinados en el mundo son Colombianos. Un 20% (Según datos
oficiales) de la población económicamente activa no tiene trabajo, y por lo
menos un 40% de las personas que lo hacen, dependen de la economía informal que
no ofrece ninguna garantía social.
Este es un país que
tiene un déficit de al menos 10.000 profesionales en salud y 7.000 educadores,
sin embargo todos los años se reducen las plantas de maestros y se cierran por
falta de recursos los hospitales. Mientras tanto, el Estado se da el lujo de
contratar 52.000 soldados especializados en la guerra mercenaria contra su
propio pueblo, obviamente con todas las garantías sociales y salarios, a costa
de miles de obreros y trabajadores despedidos.
Sólo un régimen
político apátrida y oligárquico como el que actualmente gobierna a Colombia,
puede garantizar los intereses estratégicos de EE.UU. y los despropósitos
neoliberales del capital transnacional. A pesar de todo, el gobierno acude al ya
poco creíble discurso por la defensa de la democracia y la estabilidad
regional, para justificar el intervencionismo norteamericano. El presidente
Pastrana invita a los gobiernos europeos y vecinos a que apoyen la democracia
colombiana, como si esta existiera.
Con ese pretexto la
administración del presidente Pastrana ha entregado el control de la economía
nacional al Fondo Monetario Internacional FMI y a la Banca Internacional. Ha
cedido el control político interno a las determinaciones del Departamento de
Estado norteamericano, mientras que los aspectos de seguridad son manipulados
descaradamente por el comando sur, la CIA y la DEA. En su concepción más nítida, el Plan
Colombia se ajusta a esta época de neoliberalismo y globalización, donde la
soberanía nacional pasa a segundo plano, mientras el derecho a la
autodeterminación y a la dignidad como pueblo se
desconoce.
3. Componente social para el
desarrollo: EE.UU.
pretende mediante el llamado componente social del Plan Colombia, que
corresponde a un 20% del total general, mitigar las consecuencias de la guerra.
La idea es que la vida económica y social del país siga su marcha en medio de
las consecuencias devastadoras del conflicto. Es decir se intensificarán las
privatizaciones y en general se mantendrá el ritmo neoliberal de la
economía.
Se prevé que la
intensificación de la guerra (Así definen las macabras matanzas de labriegos,
ejecutadas mediante la estrategia paramilitar del Estado), producirá más de
400.000 nuevos desplazados. Cínicamente se ha presupuestado la reubicación y los
paliativos, para los miles de desterrados que dejará la estrategia integral que
conlleva bombardeos, fumigaciones y masacres. Sobra agregar que un 70% de estos recursos asistenciales, serán
ejecutados por entidades privadas y organizaciones no gubernamentales. (En el
último año se han inscrito más de 1.000 nuevas ONGs, en los registros que
clasifican a los opcionados representantes de la sociedad
civil_.
En las grandes
ciudades se ha previsto que no rebajen los consumos de arroz, yuca, plátano,
papa, etc (alimentos básicos de la dieta colombiana). Mientras los campos
colombianos se envuelven en llamas, ya se importan cerca de 7.5 millones de
toneladas de alimentos (Se están comprando cereales norteamericanos). Mediante
una clara legislación antiagraria y una antipatriótica política de
importaciones, se está destruyendo lo que resta de nuestra empobrecida economía
campesina. La tragedia, desolación y pobreza de nuestro campesinado, parece que
sucediera en un mundo lejano.
Se trata de generar
un clima de escepticismo e indiferencia nacional frente a la realidad de nuestro
campo. La cuestión agraria y en general la suerte del mundo rural, cobra
singular importancia con la puesta en marcha del Plan Colombia. Este programa
militar, político y social, reedita la secular agresión que ha sufrido durante
más de un siglo el campesinado colombiano. Sin duda alguna que se van a
facilitar aún más los procesos de contrarreforma agraria, se incrementarán el
latifundio y las políticas neoliberales que apuntan al desarrollo
agroindustrial, los cultivos transgénicos, y el uso de semillas certificadas,
medidas todas que en conjunto destruyen la economía campesina y la soberanía
alimentaria.
No olvidemos que
Colombia es uno de los lugares en el mundo con mayor concentración de tierra en
manos de pocos propietarios. el 1.5% de los propietarios ostentan la propiedad
del 80% del área útil para explotación agropecuaria. El latifundio ha sido
soporte estructural del sistema antidemocrático que controla los destinos de
Colombia.
La oligarquía
colombiana pretende asegurar el control social, ideológico y político del
campesinado. De hecho los EE.UU.
ven a los campesinos como un potencial aliado de la insurgencia, ya que las
FARC-EP están integradas históricamente a las zonas agrarias y la mayoría de sus
combatientes son campesinos alzados en armas.
Con el Plan Colombia
la estrategia va encaminada a debilitar la capacidad organizativa y de
movilización del movimiento obrero y sindical, y particularmente del
campesinado. Como en las áreas rurales se encuentra buena parte de la base
social de la insurgencia guerrillera, es allí donde se ejecutan las horribles
matanzas de labriegos por parte de los grupos
paramilitares.
No se disimula
demasiado la actitud favorable al paramilitarisnmo por parte de un sector
considerable del parlamento colombiano, y de varios gremios en cabeza de FEDEGAN
y FENALCO. Tampoco se pueden ignorar las reiteradas opiniones a favor de un
reconocimiento político para estas redes de asesinos por parte del Procurador y
el Fiscal general de la nación, así como la opinión de algunos jerarcas de la
iglesia encabezados por el obispo Gutiérrez Pabón de Chiquinquirá, dirigentes
políticos en cabeza de Alvaro Uribe Vélez, exgenerales como Harold Bedoya y Rito
Alejo del Río, que entre otros, claman directa e indirectamente a favor de la
guerra sin cuartel.
Es importante
destacar que las AUC (_Autodefensas_ Unidas de Colombia, nombre que se asignan
las redes paramilitares) son lideradas por confesos narcotraficantes. Estos han
sido aliados estratégicos de la CIA y la DEA cuando les son requeridos sus
servicios, tal como quedó
demostrado con la creación de los PEPES, grupo que en asocio con el cartel de
Cali y la DEA, ejecutó al narcotraficante Pablo Escobar Gaviria Contribuyendo
decisivamente a la desarticulación del poderoso cartel de Medellín, según
denunciara hace algunos días la banda de sicarios _La Terraza_ en extenso
documento publicado por Semana, revista de amplia circulación en
Colombia.
El campesinado
colombiano como el conjunto del movimiento popular responderá a la altura del
nuevo reto que se le plantea, pero precisa de no estar solo, necesita la voz,
las manos y el apoyo de todos los que sueñan y construyen una alternativa
democrática y un mundo más justo.
Las políticas
antiagrarias que predominan en el actual período neoliberal, han minado las
posibilidades de autosuficiencia alimentaria en los países del sur, provocando
de paso la destrucción de ramas industriales ligadas a los productos del campo.
Los monopolios y oligopolios se han propuesto transgenizar y controlar la
producción alimentaria en el planeta, convirtiendo este estratégico asunto, en
un mecanismo de dominación neocolonial. Esa es una de las trampas que oculta el
Plan Colombia y que nos es preciso desvelar.
Además, es una
trampa poner en un mismo plano los cultivos de coca y amapola (Denominados
arbitrariamente como ilícitos), con el narcotráfico. Las plantaciones de coca y
amapola se han constituido en cultivos de subsistencia incorporados a la
economía campesina. Los labriegos fueron lanzados a esa nueva realidad por las
circunstancias sociales y económicas a que fueron sometidos. Por consiguiente,
es impropio que se les denomine como cultivos ilícitos.
Para el imaginario
del campesinado, los cultivos de coca y amapola siguen siendo un fruto de la
tierra. Entre otras cosas, el único posible por condiciones geográficas de las
zonas de colonización a donde fueron lanzados.
En general los
cultivos de coca contituyen un forma de resistencia campesina, para no abandonar
su mundo rural. Por eso es muy importante separar dos realidades: Nacotráfico y
cultivos. El primero es un fenómeno consubstancial al capitalismo; y el segundo,
un producto de las injusticias del capitalismo cuando combina latifundio,
violencia y políticas antiagrarias.
4. Plan Colombia y proceso de
paz: Los altos dignatarios
de EE.UU. y Colombia han insistido que su compromiso es con la paz. Y es cierto,
solo que es una paz distante de la que realmente necesita
Colombia.
La obsesión de la
clase dominante colombiana en relación a la paz, está encaminada a obligar a la
insurgencia guerrillera a que firme un acuerdo, cuyo principal componente sea la
entrega de armas, la desmovilización y reinsercción de los guerrilleros en la
institucionalidad tradicional, ofreciendo a cambio numerosas prebendas y puestos
electorales, financiación de proyectos asistenciales mediante ONGs, tal como
sucedió en el pasado con el M-19, el EPL y la CRS (Sector minoritario que
pertenecía al ELN).
No se puede caer en
la trampa que conlleva una intervención supuestamente humanitaria para alcanzar
la paz. El Plan Colombia plantea una paz que se asemeja a la de los sepulcros.
Esta propuesta está ganando adeptos en grupos de ONGs, que han caído en el error
de separ aspectos sociales y militares que contiene el Plan Colombia. La
parte social de este Plan, supuestamente ligada a la paz, es una zanahoria
asistencial para lavar conciencias luego del garrote neoliberal y
guerrerista.
Para finalizar
quiero recalcar que El Plan Colombia tiende a convertirse en la punta de lanza
del intervencionismo yanqui en América Latina. Constituye una afrenta para
los pueblos de América Latina, basada en la nueva modalidad de intervención
económica, política y militar de los estadounidenses, hacia lo que consideran su
patio trasero.
Se nos impone una
dura prueba, en la que nuestros pueblos tendrán que multiplicar su dignidad y
valentía para afrontar una fuerte etapa de lucha y resistencia. Nos corresponde
la responsabilidad de darle un vuelco a la historia que se nos quiere asignar.
Habrá de jugar (como ya lo está haciendo) un papel muy importante la lucha
social y popular de la que es una expresión la lucha guerrillera. Esta se
convierte en símbolo y esperanza, para las luchas de resistencia que adelantan
los pueblos contra el capitalismo depredador y salvaje.
El rechazo
internacional al Plan contra Colombia, debe convertirse en el componente
unificador de la lucha política que adelantan los pueblos oprimidos y explotados
contra la globalización hegemónica y militarista del capital poderoso, tanto de
E.U. como de Europa. Esta se debe enmarcar entre los esfuerzos más hermosos que
nos embargan por construir y alcanzar la paz.
La democracia y los
derechos humanos son incompatibles con el colonialismo que sojuzga y restringe
la soberanía e independencia de los pueblos. Para vencer este cuadro de
indignidad, de miseria social, de dictadura económica y política, es necesario
pasar de las propuestas a la resistencia concreta. Si estamos a favor de la
democracia y de los derechos humanos, entonces tenemos una obligación moral y
ética: luchar sin desmayo contra el sistema que los
niega.
NOTA
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